Septiembre 20, 2017, 07:29:06 am

Autor Tema: Diciembre 2016: Entrando en la cueva de las serpientes. Crónicas según Hennen  (Leído 114 veces)

Desconectado Kosuke

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Por supuesto, volvimos para informar. Aquella cueva y sus inquilinos no iban a recibirnos con una cena de bienvenida, así que informamos a Phaliya. Dispuso un escuadrón para explorar la cueva. Ésta vez mis compañeros eran un paladín, un explorador, uno de esos druidas tan en armonía con la naturaleza, el monje Falósofo y un tipo que no tenía muy buena pinta. Probablemente este último fuera un ladrón de bajos fondos. Al menos si necesitáramos que alguien abriese una cerradura nos serviría. También nos acompañaba un hombre con unas habilidades curiosas. Aseguraba ser un inmolador, una persona con un poderoso dominio sobre el fuego. Tal vez ciertas respuestas a mis preguntas no estuviesen en esa cueva, si no en la sabiduría de ese hombre, al menos las que tenían que ver con el fuego. De todas formas teníamos una misión que cumplir, por lo que nos pertrechamos y partimos hacia la cueva.

Cuando llegamos a la entrada comenzamos a escuchar unos cánticos que ninguno supimos reconocer. Me aseguré de que no tuviésemos sorpresas desde el primer momento lanzando una piedra al interior, pero no sucedió nada. Armándonos de valor, entramos hacia el oscuro interior de la caverna.

Con la luz del exterior conseguimos vislumbrar unas escaleras que descendían hasta una sala. Con una antorcha iluminamos la estancia, que no tenia nada más que un arco al fondo. Este arco daba lugar a otra sala a la que el explorador mandó a su compañero lobo para que inspeccionase. Por poco cenamos lobo a la brasa aquella noche, pues una trampa en el suelo hacia un agujero con estacas al fondo estaba preparada para los intrusos. La sorteamos con cuidado cuando llegamos a la siguiente sala y se nos apagó la antorcha.  La temperatura había bajado notablemente. Canalicé mi elemento para invocar un elemental de luz que nos ayudase a visualizar mejor donde estábamos.
Nos encontramos en una sala con una puerta al frente y otra a la izquierda. El ladrón nos dijo que notaba una corriente de aire extraña y en seguida fue hacia una pared y comenzó a rebuscar. Aseguró que una de las piedras de la pared era un botón para activar algún mecanismo. Ordené a mi elemental que lo accionase para ver que pasaba.

Tras accionarlo aparecieron un grupo de esqueletos vivientes. Sin pensárnoslo dos veces nos lanzamos a por ellos. Esas criaturas no suelen ser pacíficas. Comencé a concentrarme en mi elemento para entrar en acción, lo único que pude ver de reojo fue cómo el paladín llamaba la atención de algunos de ellos e invocaba el favor de su deidad para desintegrarlos en una explosión de luz sagrada mientras el monje repartía patadas. Una vez estuve preparado hice explotar a mi elemental para acabar con otro par de esqueletos. Cuando miré al resto de batalla vi cómo el druida se había transformado en un inmenso oso que intentaba dar zarpazos a los esqueletos cercanos. Mientras canalizaba mi elemento para lanzar un rayo de luz y destruir a otro esqueleto el paladín cargó contra otro esqueleto y lo destruyó. El explorador y su lobo se encargaron de los esqueletos restantes. Cuando nos estábamos reorganizando después del combate y recuperándonos de las pequeñas heridas recibidas me fijé en las armas de los esqueletos. Eran lanzas. Unas lanzas normales aparentemente, pero algo me llevó a coger una de ellas y llevarla conmigo. Tal vez fue el recuerdo de la destreza con la que el guerrero Adrenor las manejaba. Si yo pudiese manejar así ese arma y combinarla con mi elemento...

Puesto que el inmolador había quedado más herido nos quedamos más rezagados del grupo mientras se recuperaba. Era mi momento para poder preguntarle sobre el fuego y su naturaleza. Me senté junto a él y le formulé varias preguntas, esperando ansioso lo que tenía que contarme. La charla fue más que decepcionante, no saqué nada en claro.
El resto de compañeros nos avisaron para ir a la siguiente sala, la de la puerta de la izquierda, en la cual encontramos tres cofres. Invocando de nuevo un elemental, le ordené que abriese el más lustroso. Encontramos un par de dagas que entregué al ladrón, ya que probablemente las usaría mejor que nadie. Cuando el elemental se disponía a abrir el segundo cofre éste se lo comió. Ante nuestra estupefacción nos dimos cuenta de que nos enfrentábamos a un mímico. Esas criaturas que cambian de forma son muy difíciles de detectar. Canalicé un rayo que rebotó sobre la superficie del mímico mientras el ladrón intentaba clavarle las dagas. Ante la confusión el mímico se despistó y aprovechamos para salir de la habitación y atrancar la puerta.

Tras recuperar el aliento por la tensión del momento nos dirigimos hacia la otra puerta. Tras ella encontramos una caverna de enormes dimensiones. En el centro pudimos ver un ídolo, supongo que de una deidad antropomórfica, en cuyos ojos había dos llamas verdes. Cerca del ídolo vimos a cuatro guardias de nuestro propio gremio. Tres de ellos parecían estar en éxtasis, pues hacían movimientos muy extraños, como si estuviesen adorando al ídolo que había cerca de ellos. El otro guardia leía en voz alta un libro, pero estaba demasiado lejos como para saber de cuál se trataba. Su cara no tenía una expresión normal, ni siquiera diría que fuese una expresión humana. ¿Serían los guardias que se perdieron la noche que entramos en la torre negra?.

Vimos que cerca de los guardias se encontraban dos serpientes de sombra, como las que había a la entrada. Intentamos bajar sigilosamente las escaleras para acercarnos, pero era obvio lo que iba a pasar. El paladín, con esa pesada armadura, no fue capaz de mantener el silencio y llamó la atención de las serpientes. Puesto que ya nos habían descubierto, el paladín echó a correr gritando el nombre de su dios... sin mirar por donde lo hacia... así que cayó de bruces contra el suelo y se quedó sin su espada. Viendo a mi compañero en claro peligro intenté canalizar una barrera de luz, pero fallé y me dañé las manos. Mientras me reponía del dolor, una de las serpientes se lanzó a por el paladín mientras el resto de mis compañeros... bueno, la verdad es que creo que estarían escondiéndose para pillar por sorpresa a los guardias, porque no los vi. Corrí a ayudar al paladín e intenté lancear a la serpiente, pero mi habilidad con la lanza era demasiado lenta como para que la serpiente no me esquivase. Con un grito característico de batalla, el monje lanzó una ráfaga de golpes contra el monstruo y la dejó aturdida mientras el ladrón saltó desde las sombras para acuchillarla. Los guardias, alertados por el ruido de nuestro combate se unieron rápidamente a la trifulca. Intenté canalizar un destello de luz para cegarles, pero sólo conseguí deslumbrar a mis compañeros. Con la desorientación aprovecharon para atacarnos.

De alguna forma inexplicable conseguimos defendernos a pesar de la ceguera y cuando recuperé la visión todo pasó bastante rápido. Una lluvia de flechas, un tornado de golpes y unos poderosos espadazos se veían por doquier. Un enorme oso rugía con furia mientras una casi invisible figura se movía entre las sombras lanzando cortes con unas dagas. Cuando conseguimos acabar con nuestro último enemigo, nos sorprendió ver cómo otra cobra apareció de la nada. En un alarde de ferocidad nuestro druida partió al reptil en dos de un zarpazo y al fin pudimos respirar. Aunque el descanso no nos duró mucho. El extraño ídolo, que previamente poseía un par de llamas de fuego en lugar de ojos, perdió todo su poder. Tras un segundo de total silencio, un hilillo de polvo comenzó a caer del techo de la caverna. Pequeñas piedras comenzaron a caer por toda la sala. Antes de esperar a descubrir lo que había sucedido pusimos pies en polvorosa y escapamos.

Conseguimos salir de la cueva por muy poco. Casi no lo contamos. Volvimos al campamento e informamos a Phaliya sobre los hallazgos. Cumplimos la misión. Desconozco lo que hicieron mis compañeros, pero yo recogí mis cosas y me fui a mi tienda.  Me senté y me quedé mirando la lanza que le había cogido a los esqueletos. No comprendía la razón por la que la había cogido. Pero ahí estaba, girando entre mis manos. Con la mirada perdida me sumí en mis reflexiones hasta que me venció el sueño.

Desconectado Adrone

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